15. Porque viajamos

Porque viajamos.

A las 8 de la mañana, Carla ya me estaba esperando en la puerta de la casa de mi tío. Una sonrisa franca, la que sabe que el día va a estar bueno, y nos subimos en la moto. Hacía un poco de frío, y ella puso sus manos dentro del bolsillo de mi cazadora. Era la primera vez que subía una moto fuera de la ciudad. Saliendo de Tucumán, a la primera aceleración, sentí como se apretaba un poco más fuerte contra mí. Su cara contra mi nuca, su pecho contra mi espalda, sus brazos rodeando mi barriga.

Creo que compré a Parkinson imaginándome momentos así.

Hemos circulado durante un tiempo con esta niebla de cenizas que flota de manera permanente alrededor de la ciudad (debido a que están quemando cañas de azúcar) y de repente, en una curva, apareció por fin el sol, y vimos de lejos la montaña. La carretera, recta, atravesando el campo, empezó a subir en curvas cerradas, la vegetación se hizo más densa y más variada. Ralentizando, sentí a Carla relajarse. Nos hemos parado para beber un mate. Sacó el termo de su mochila, y comenzó su pequeño ritual con aplicación. Creo que es una de las primeras cosas que me ha seducido de ella, aparte de su físico. Esa seriedad preparando el mate, que había ya notado cuando me había invitado a tomarlo en el parque un domingo por la tarde. La atención que daba al orden de los movimientos, al rol de cada uno, al hecho de hacerme entender la importancia de esa tradición en la cultura argentina. Lo hemos saboreado, para calentarnos, después de la hora de moto que hicimos, y volvimos a marcharnos.

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Después de unos kilómetros, unos obreros nos pararon. La carretera estaba bloqueada hasta mediodía para terminar unas obras en un tramo. Nos sentamos en el parapeto en el borde del precipito, y esperamos apaciblemente que el tiempo pase. Me acosté en sus rodillas para dormir un poco. Los ojos cerrados, sentí sus manos acariciarme el pelo. Su primer gesto de ternura. Fingí que dormía, ella finjo que pensaba que dormía. Luego los obreros acabaron su trabajo. Carla quitó su mano, abrí los ojos y terminamos el camino hacia Tafi del Valle.

 

 

A los amores que nacen el privilegio de ver la belleza por todas partes. Ese trivial comedor donde almorzamos se ha transformado en un elegante albergue y el locro era delicioso. Lo hemos saboreado hasta el último trozo de pan y volvimos a la moto buscando un camino. Ella, la cabeza apoyada en mi hombro, yo entresueño y sonriendo tontamente, aprovechando la simplicidad del momento. Estábamos en el valle y he percibí una cruz que coronaba la cima de una montaña. Cogimos un camino que nos llevó debajo de un sendero donde dejamos a Parkinson.

A partir de ahora éramos solo dos. Empezamos la ascensión hasta la cruz. Unos cien metros de elevación. Una media hora de c

aminata. Nuestras miradas que se cruzaban de vez en cuando, las sonrisas eran más tensas que durante la mañana. Una pequeña tensión empezó a crearse.

Los dos sabíamos lo que iba a ocurrir arriba, y no era por la falta de oxígeno que nuestros corazones empezaran a latir más fuerte.

Los últimos metros eran abruptos, he escalado primero y di mi mano a Carla para ayudarla. Llegamos a la cima. Solos a kilómetros a la redonda, una vista increíble sobre toda la valle, el silencio absoluto de la montaña, perturbado de vez en cuando por el ruido de una ráfaga. Después algunos segundos de contemplación, me he dado cuenta de que su mano se había quedado dentro de la mía. He levantado los ojos, me estaba mirando. El instante siguiente nos estábamos besando.

Momentos de perfección.

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Nos hemos quedado sobre el techo del mundo durante un momento. Algunas decenas de minutos, o algunas horas. Acostados uno contra el otro en este cuadro sublime, el tiempo no importaba. Sólo el sol que empezaba a caer nos recordó que la tierra seguía girando.

No quería conducir por la montaña de noche, así que nos levantamos sin ganas y nos fuimos. Bajamos a Tucumán en la luz dorada del amanecer. Ella pegada a mí, mas confiada durante la vuelta, el viaje nos pareció más corto. La dejó en su casa, nos besamos una última vez, luego volví a casa de mi tío. La cabeza en las nubes.

4 de julio del 2013.

El tipo de día que nos hace recordar porque viajamos.

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